Geopolítica de Europa: extremas Derechas, derechas radicales y ultras

Escrito por el 10 julio, 2016

Por Damián Jacuvobich / Investigador del Centro Cultural de la Cooperación. A fines del año 2015, en las últimas elecciones regionales en Francia, el Frente Nacional, partido francés de ultra derecha, obtenía la mayor cantidad de votos de toda su historia, casi 7 millones de votantes, convirtiéndose de esta manera en la primera fuerza política del país, con lo cual su máxima dirigente, Marine Le Pen, no puede menos que mostrarse optimista de cara a las próximas elecciones presidenciales en 2017.

Ese mismo año, Marine Le Pen, había anunciado la creación de un grupo en el Parlamento Europeo reagrupando diversos partidos extremos: el mismo Frente Nacional, el Partido por la Libertad de los Países Bajos, el Vlaams Belang en Belgica, la Liga del Norte de Italia y el Partido de la Libertad de Austria así como dos dirigentes electos del partido Congreso de la Nueva Derecha y un dirigente británico del United Kingdom Independence Party.

Esta tendencia, efectivamente no resulta en absoluto novedosa ni en Francia ni en el resto de Europa. Desde hace aproximadamente 30 años, aquí y allá en el Viejo Continente, los partidos ultras se vienen afianzando viento en popa. Los menos enarbolan una nostalgia neonazi, mientras que la gran mayoría de estas agrupaciones buscan consolidar su respetabilidad, haciendo más potables sus ideas en algunos casos, y apropiándose de discursos ajenos en otros, invadiendo el terreno social y presentándose como el último recurso, la última trinchera contra una supuesta islamización de la sociedad y como el único dique capaz de contener el "peligroso" flujo de migrantes “hambrientos” y "envidiosos" del paraíso europeo.

Históricamente, en Europa desde 1945, el término « extrema derecha» ha designado fenómenos socios-políticos muy diferentes entre sí: populismos xenófobos y/o “antisistema, partidos políticos extremos nacionalistas y populares, hasta algunas veces, fundamentalistas religiosos. El concepto en sí mismo puede ir variando en la medida de quién sea el ojo que lo analice, ya que los movimientos nombrados con este tipo de etiquetas pueden ser interpretados por algunos analistas como una continuación, (algunas veces adaptada a las necesidades de la época), de ideologías nacionales- socialistas, fascistas y nacionalistas autoritarias según las diversas tendencias.

Décadas más tardes, los años 1980 y 1990 han sido testigos de triunfos electorales de otra “familia” que los medios de comunicación y diversos comentadores de la geopolítica europea han optado por nombrar como las «derechas radicales». Esta marcada diferenciación radica en virtud de que la comparación con los fascismos de las primeras décadas del siglo XX ya no resultaban tan pertinente por algunos matices que detallaremos en la segunda parte de nuestro informe.

Una de las principales diferencias entre las antiguas y tradicionales “extremas derechas” y las emergentes “derechas radicales” es que en la mayoría de los casos, estos nuevos partidos aceptan y aceptan como propia, la democracia parlamentaria y el acceso al poder por la vía única de las urnas.

Par las “derechas radicales”, el concepto de pueblo representa una entidad trans-histórica que engloba los muertos, los vivos y las generaciones futuras, el todo, estrechamente relacionado por un trasfondo cultural y homogéneo. Lo que implica una importante distinción entre los nacionales « de cepa » y los inmigrantes, en particular los extra-europeos, a los cuáles por lo general se les debería limitar el derecho de residencia así como los derechos económicos y sociales. Si bien, tradicionalmente la extrema derecha se mantiene a la vez antisemita y racista, en la actualidad, las derechas radicales privilegian una nueva figura del enemigo, a la vez interior y exterior: el Islam, al cual son asociados todos los individuos provenientes de países culturalmente musulmanes.

En la actualidad, las extremas derechas que inundan Europa no se oponen a la economía de mercado en la medida que ésta le permite al individuo ejercer su espíritu empresarial; pero el capitalismo que promueven resulta exclusivamente del ámbito nacionalista, de ahí, su hostilidad a la mundialización. De esta manera, si uno pretende resumir que es lo que diferencia las tradicionales « extremas derechas » de las nuevas “derechas radicales” es el menos grado de antagonismo a la democracia de éstas últimas. Dicha diferenciación las hace ocupar un lugar bien diferente en el sistema político europeo.

Mientras, las extremas derechas se encuentran en un lugar de exclusión del llamado “juego democrático” sacando por cierto, algún provecho proselitista de esto, por otro lado, las derechas radicales aceptan la participación del poder, sea como asociado de alguna coalición gubernamental o bien como soporte parlamentario de algún construcción política de derecha.


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